El poder de la Iglesia en la historia

Por Domingo Terroba

Cuando la interpretación se viste de eternidad

La Iglesia se define como depositaria y transmisora de la palabra de Dios. No es una afirmación pequeña. Es una declaración de autoridad absoluta.Hablar en nombre de Dios no es lo mismo que opinar. Implica trascendencia, verdad, continuidad.

Sin embargo, la historia demuestra que las interpretaciones cambian.

Durante más de mil años, en Occidente, María Magdalena fue presentada como prostituta arrepentida. Esa identificación no aparece explícitamente en los evangelios. Fue el resultado de una lectura concreta que terminó imponiéndose como versión oficial. Arte, predicación y catequesis la consolidaron hasta que dejó de ser una interpretación para convertirse en “lo que siempre fue”.

En 1969, tras la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II, esa identificación desaparece oficialmente del calendario romano. Sin escándalo. Sin proclamación solemne de rectificación. Simplemente se corrige.

El dato no destruye la fe de nadie. Pero plantea una cuestión seria.

Si una institución habla en nombre de Dios, sus interpretaciones no son neutras. Tienen consecuencias culturales, espirituales y morales. No estamos hablando de una anécdota marginal. Estamos hablando de culpa, pecado, redención y del modelo de mujer transmitido durante generaciones.

Millones de creyentes aceptaron durante siglos una imagen que no estaba literalmente en el texto bíblico, pero sí en la autoridad que lo interpretaba.

Entonces surge la pregunta inevitable:

¿cuando una institución afirma custodiar la verdad divina, ¿sus interpretaciones son infalibles o son humanas?

Y si son humanas, ¿cómo se revisan?

¿Quién determina cuándo una lectura se convierte en doctrina y cuándo debe dejar de serlo?

Toda institución religiosa es también una institución histórica. Y toda institución histórica toma decisiones humanas.

El problema no es interpretar. Interpretar es inevitable. El problema comienza cuando una interpretación humana se reviste de eternidad y se presenta como incuestionable.

La cuestión no es atacar la fe. La cuestión es comprender cómo opera el poder cuando se expresa en lenguaje sagrado.

La historia no existe para tranquilizar conciencias. Existe para iluminar procesos.

Y entender esos procesos no debilita la fe honesta. La purifica de lo que no le pertenece.