Sí, hubo tiempos mejores: la Navidad y el cambio brutal de nuestra sociedad


Sí, hubo tiempos mejores. Y la Navidad lo delata.
No porque todo fuera perfecto, sino porque era más humano.
Las ilusiones no venían en campañas publicitarias ni en anuncios con música épica. Venían del abrazo de los que no veíamos en todo el año. De una mesa distinta. De una comida que no era rutina. De una ropa que se estrenaba para la ocasión, no para la foto.
La ausencia de los que faltan se soportaba con entereza.
El dolor no se medicalizaba.
La tristeza no era una patología urgente que hubiera que extirpar con manuales de psicología exprés. Nadie necesitaba un podcast para aprender a terminar una cena sin acabar estrangulando al cuñado. Había algo que hoy escasea: sentido común.
El mundo aún no había sido conquistado por las redes que prometen conexión y fabrican vacío.
No había prisa por devorar el postre para agarrar el móvil y zambullirse en el océano del postureo, la mentira y la mediocridad. Las relaciones no estaban pensadas para el instante, con fecha de caducidad incluida. El desencanto llegaba, sí, pero no se celebraba.
Sí, hubo un tiempo mejor.
Un tiempo en el que el contenido no había sido sustituido por la exposición.
En el que la realidad no había sido desplazada por una ficción de caras tensadas con bótox, persiguiendo una juventud que ninguna inyección va a devolver.
Las arrugas no eran defectos.
Eran ciclo vital.
La vejez no era un fallo del sistema, sino parte del recorrido.
Las parejas formaban familias, no proyectos de sustitución emocional con perros tratados como hijos. Las borrascas no tenían nombre propio. Los coches no eran un pecado moral. El agujero de ozono no se reciclaba cada década en un nuevo cuento con eslogan. No era un mundo perfecto, pero no estaba loco.
Queda de aquella Navidad un poso de tristeza.
No por nostalgia barata, sino porque algo se rompió.
La vida perdió identidad y fue reemplazada por una consigna obscena: ser feliz a cualquier precio.
Hubo un tiempo en el que la gente no se preguntaba cada mañana por qué estaba triste ni cómo la rutina afectaba a su salud mental. La felicidad no se vendía en libros de autoayuda ni se prometía en conferencias motivacionales.
Simplemente… se vivía.
Y quizá no éramos más felices.
Pero éramos más reales.