Irán, silencio selectivo y la hipocresía de Occidente.

Domingo Terroba

3/11/20262 min read

Pasaron del bikini al burka.
De caminar libres por las calles a ser vigiladas por la policía moral.
De estudiar, trabajar y elegir… a ser reducidas a propiedad del Estado y del varón.

La represión de mujeres en Irán no es una exageración retórica. Es un sistema. Es una estructura legal y policial diseñada para controlar el cuerpo femenino como si fuera territorio ideológico.

Mujeres iraníes grabando vídeos clandestinos. Quitándose el velo ante una cámara temblorosa. Pidiendo ayuda al mundo. Suplicando intervención. Reclamando algo elemental: el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

No pedían privilegios. Pedían dignidad.

Y mientras tanto, la muerte recorre las calles de Irán. Mujeres, jóvenes, niños. Manifestantes ejecutados. Familias aterrorizadas. Las cifras crecen y las imágenes llegan a Occidente filtradas, dosificadas, amortiguadas. No ocupan portadas durante semanas. No generan especiales constantes. No desatan indignación sostenida.

Porque el foco cambia según quién dispare.

Si el conflicto tiene a Israel o a Trump de fondo, el ruido es inmediato, mundial, ensordecedor. La condena es automática. La narrativa se activa con rapidez quirúrgica.

Pero cuando la represión de mujeres en Irán encaja mal en el relato ideológico dominante, el volumen baja. Se matiza. Se contextualiza. Se relativiza.

La moral se vuelve selectiva.

Anoche, en los Goya, se habló de justicia internacional y derechos humanos. Es legítimo. Es necesario. Pero cuesta encontrar una condena rotunda contra un régimen teocrático que encarcela, tortura y ejecuta a quien exige libertad. Cuesta escuchar la misma intensidad cuando las víctimas no encajan en el guion político preferido.

No se trata de elegir bandos geopolíticos.
Se trata de coherencia.

Si la libertad es un principio, debe serlo en todas partes.
Si los derechos humanos son universales, no pueden activarse solo cuando el enemigo es conveniente.

La represión de mujeres en Irán no es un asunto cultural. Es una cuestión de poder. De control. De miedo institucionalizado.

El régimen no teme a un ejército extranjero.
Teme a mujeres que se quitan el velo en público.

Teme a jóvenes que gritan en plazas.
Teme a una generación que ha perdido el miedo.

Y mientras tanto, en Occidente debatimos sobre marcos narrativos, culpables preferidos y enemigos estratégicos. Medimos nuestra indignación según el contexto político del momento.

Vivimos en una época donde los muertos parecen valer distinto según el encuadre mediático.
Donde la hipocresía se disfraza de prudencia diplomática.
Donde la condena depende del color del gobierno implicado.

Eso no es análisis político.
Es doble rasero.

Y el doble rasero erosiona cualquier discurso moral.

Si Occidente quiere hablar de derechos humanos con autoridad, debe empezar por aplicar el mismo baremo en todas partes. Sin filtros ideológicos. Sin simpatías selectivas.

La libertad no puede depender del titular.
Ni del enemigo de turno.

Porque cuando la indignación se vuelve estratégica, deja de ser moral.

Y cuando la moral es selectiva, deja de ser moral.

Mujeres iraníes que piden libertad mientras Occidente calibra su indignación según el relato político del momento.