“Hablar del suicidio puede incitar a cometerlo”, dicen algunos anuncios televisivos mientras justifican el silencio alrededor de una de las principales causas de muerte actuales. Curioso. Porque al mismo tiempo nos bombardean constantemente con campañas, debates, cifras y mensajes sobre violencia de género, como si fuera la gran epidemia nacional permanente.
Entonces surge una pregunta.
¿El silencio protege en un caso… y la exposición masiva educa en el otro?
Porque si hablar demasiado del suicidio resulta peligroso, según nos dicen, ¿por qué la sobreexposición mediática sí parece aceptable en otros ámbitos? ¿Por qué unas tragedias deben tratarse con prudencia extrema mientras otras se convierten en presencia constante en televisión, redes sociales, instituciones, colegios y discursos políticos?
Cuando una mente se rompe, queda hecha pedazos. Y la ciencia todavía no sabe recomponer muchos de esos fragmentos ni con terapia ni con medicación. A veces apenas logra amortiguar el golpe. Pero la salud mental sigue mendigando recursos, investigación y atención real. Mientras tanto, determinadas causas se convierten en estructuras políticas gigantescas, con ministerios, campañas constantes, subvenciones, asesores y maquinaria institucional financiada con cifras que parecen no tener límite.
El suicidio provoca miles de muertes cada año. Destruye familias enteras. Deja padres, hijos, parejas y amigos atrapados en preguntas imposibles durante décadas. Sin embargo, sigue tratado como un tema secundario, molesto, casi clandestino. Se menciona rápido, con miedo, como si la sociedad entera quisiera apartar la mirada cuanto antes.
Y sin embargo vivimos rodeados de ansiedad, depresión, aislamiento, consumo masivo de ansiolíticos y una sensación creciente de vacío emocional que ya ni siquiera se esconde. Nunca hubo tantos discursos sobre bienestar y nunca tanta gente rota por dentro.
Los medios y gran parte de la clase política han decidido claramente qué sufrimientos merecen foco constante y cuáles permanecen en segundo plano. La violencia de género ocupa titulares, campañas institucionales, financiación pública y presencia permanente en el debate político. El suicidio, en cambio, aparece como una sombra breve que desaparece rápidamente de la conversación pública.
Y no, señalar esto no significa negar otras tragedias. Significa preguntarse por qué unas reciben atención masiva y otras continúan rodeadas de silencio estructural.
Porque hace tiempo que muchas causas dejaron de tratarse únicamente como dramas humanos. Hoy también son herramientas políticas, relatos ideológicos y mecanismos de poder. Algunas tragedias generan atención constante porque producen impacto político, rentabilidad mediática y capacidad de movilización. Otras no encajan igual de bien en el discurso dominante y terminan relegadas a estadísticas frías y minutos incómodos al final de un informativo.
Mientras tanto, miles de personas siguen cayendo en silencio.
Quizá el problema nunca fue hablar demasiado del sufrimiento. Quizá el verdadero problema sea seleccionar qué sufrimientos interesa amplificar y cuáles conviene mantener lejos de los focos.